lunes, 15 de febrero de 2021

"Febrero", de Bill Christophersen

Ilustración: Alba L. Giménez


El frío se recrudece; por mucho que el anochecer

se retrase, Febrero, con su luz de vapor de mercurio

está puliendo la congelada superficie de color hueso

crujiente y traicionera bajo nuestros pies.

Esta es la época del año idónea para echar

una llave al candado del saludable apetito,

para restituir a la noche sus viejas ansiedades,

con el insomnio y las pesadillas en activo;

cuando lo que es urgente se deja para mañana

y aquello que se ha emplazado viene a llamar

con mascullados reproches a tu puerta,

y las enterradas ambiciones emergen del suelo

y pegan tus escurridizos hombros al muro,

y la esperanza es un reptil que aguarda el mimo del sol.


Enlace al poema original

martes, 12 de enero de 2021

“Meditation at Lagunitas”, de Robert Hass (Traducido por Luisa Pastor)


Ilustración: Alba L. Giménez

Todo el pensamiento moderno gira en torno a la derrota.

En este sentido, se parece a todo el pensamiento antiguo.

La concepción, por ejemplo, de que el hecho concreto

amortigua el radiante esplendor de la idea,

de que el pájaro carpintero, horadando  con su graciosa careta

el esculpido tronco yerto del abedul, supone, por su sola presencia,

una especie de trágica caída desde un mundo primigenio

de indiscriminada luz. O esa otra visión, según la cual,

dado que no hay una sola cosa en este mundo

que se corresponda con la zarza de la mora,

una palabra es la elegía de aquello que significa.

De eso estuvimos charlando anoche, hasta bien tarde,

y en la voz de mi amigo había un leve asomo de aflicción,

un tono casi quejumbroso. Al instante comprendí que,

en una charla así, todo significante se difumina: justicia,

pino, cabello, mujer, tú y yo.

Y recordé que una vez hubo una mujer a la que le hice el amor,

y cuando tenía sus pequeños hombros en mis manos

sentí un violento asombro en su presencia,

como un anhelo de sal, un ansia del río de mi infancia,

con sus sauces insulares y el ininteligible rumor

de un plácido bote, aquellos cenagales donde atrapábamos

unos pequeños peces de color plata y ámbar llamados percas.

Y todo eso, en verdad, apenas tenía que ver con ella.

Nostalgia, ese es su nombre, que sobreviene

porque el deseo está lleno de interminables distancias.

Supongo que también ella estaría entonces igual de lejos.

Sin embargo, recuerdo tan bien el modo en que sus manos

desmenuzaban el pan, o aquello que su padre le dijo

para herirla; sus ilusiones...

Hay momentos en que el cuerpo se vuelve tan inefable

como las palabras, días en que la gloria de la carne se prolonga,

algo así como la ternura de aquellas veladas crepusculares

pronunciando mora, mora, mora.



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